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Padre de tres hijas y jefe ejemplar: quién era el policía de la Ciudad asesinado en Caseros

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El subcomisario Rodrigo Guillermo Becker (41) llevaba el oficio en la sangre. Primero ingresó en la Escuela de Cadetes de la Policía Federal, donde dio los pasos iniciales en una carrera que abrazó, en parte, por herencia familiar. Su partida dejó un profundo vacío y dolor entre quienes lo conocieron y agudizó el hastío en el seno de una sociedad abrumada por la inseguridad.

El oficial, que se desempeñaba en la División Sumarios y Brigadas de la Comisaría Comunal 9 de la Policía de la Ciudad, fue asesinado de al menos dos tiros en el pecho este martes, a las 21.30, en la puerta de su casa ubicada en Caseros (Tres de Febrero).

Los motochorros escaparon con la Honda Tornado XR 250 que la víctima había sacado a la vereda y dejaron abandonada la Honda CB 190 en la que llegaron. Se la habían robado el sábado a un joven en Villa Sarmiento (Morón).

Por el homicidio fueron detenidos dos sospechosos: Luis Miguel Escobar (21), alias “Luisito”, a quien atraparon en el barrio Ejército de los Andes, conocido popularmente como “Fuerte Apache”, y Federico Agustín García Azrun (24), quien habría vendido el vehículo tras el asalto, según fuentes policiales.

A “Luisito” le incautaron un pantalón y unas zapatillas iguales a las usadas en el crimen del oficial.

Las zapatillas que usaba uno de los motochorros que asesinó al policía Rodrigo Becker en Caseros, antes y después del crimen.

Los procedimientos fueron realizados por agentes de la comisaría cuarta de Tres de Febrero (Villa Pineral), la Estación de Policía Tres de Febrero, la DDI San Martín, Policía de la Ciudad y Homicidios de la Policía Federal.

“Se fue un ser extraordinario, un policía de ley. Un padre y esposo ejemplar. Su familia está destruida”, se lamenta Germán, ex compañero suyo en la PFA. Trabajaron juntos durante siete años en la comisaría 21 cuando Rodrigo estaba a cargo del servicio externo.

Allí forjaron una estrecha relación de amistad en la que compartían asados o algún partido de fútbol cuando los horarios les permitían cruzarse y solían mantenerse conectados por redes sociales.

“Rodri”, como lo llamaban sus allegados, se diferenciaba por la calidad humana y confianza que transmitía en su entorno de trabajo. Era muy querido, “tropero” y respetado por todos sus pares.

Siempre se consideró uno más del montón, a pesar de haber sido ascendido a jefe. “Jamás marcó un cargo jerárquico, rebajando a otro. Si eras nuevo y estabas parado en una esquina asustado, temblando, se acercaba para explicarte en qué tenías que estar atento y cómo proceder”, recuerda Germán a Clarín.

“Luisito”, uno de los detenidos por el crimen del policía Rodrigo Becker en Caseros.

“Era un buen tipo. Con él podías tener charlas de todo tipo”, coincide una colega que estuvo bajo su mando a lo largo de ocho años en la ex comisaría 9 de Almagro (actual 5 A) y lo atesora con un espíritu jovial, sonriente.

En medio de una catarata de impotencia, dolor y bronca, nadie puede salir de su asombro. “Lamentablemente, ser policía en este país es mala palabra. Si hubiese sido al revés el hecho, hoy estaría detenido por asesinato. Esto va a quedar en la nada, como siempre sucede con todos los hechos delictivos contra los policías”, cuestiona Germán con un tono de indignación.

Líder innato y jefe de familia, adoraba a Laura (41), su mujer, y a sus tres hijas de 11, 14 y 17 años. Hacía todo por ellas. Como las dos mayores practican natación, las acompañaba a todos los rincones del país donde competían.

Hace poco más de dos años, lo que comenzó como venta a pedido se materializó en un local de atención al público. Con esfuerzo, logró montar un negocio de artículos de limpieza para que su esposa pudiera trabajar y darles juntos un mejor futuro a sus pequeñas.

Rodrigo Guillermo Becker (41), el policía de la Ciudad asesinado por motochorros en Caseros. En la foto, con esposa y sus tres hijas.

Andar en moto era su hobby más preciado. También, le gustaban los cuatriciclos y los deportes. Sus compañeros cuentan que solía manifestar preocupación por la situación de inseguridad a nivel país. Decía que la calle estaba peligrosa y que no se podía vivir así. Tomó ciertas medidas de precaución como colocar cámaras en su vivienda. Son las mismas que registraron la violenta secuencia que, en cuestión de minutos, le arrebató la vida.

“Era un pibe de 10. Respetuoso, laburador, copado, jodón, sincero, responsable y siempre preocupándose por el resto; enseñando y aprendiendo a la vez”, lo califican sus allegados.

EMJ

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