viernes, septiembre 17, 2021
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Mundos íntimos. ¿Qué sienten una abuela y una nieta que estudian la misma carrera? Sus aciertos, errores y alguna “vergüenza”

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Abigail: Me gusta escribir desde siempre, incluso desde cuando no sabía hacerlo y nomás podía hacer garabatos e inventar historias, aunque después no me acordaba qué era lo que había querido decir. Me gusta pensar que eso, más allá de ser algo personal, propio, es algo que heredé de mi abuela. Ella está presente en cada recuerdo que tengo relacionado con la literatura y la escritura: cuando me dio las novelas de la colección Robin Hood que mi papá y mis tíos habían leído de chicos, cuando les dijo a mis papás que me compraran los libros de Agatha Christie, cuando yo escribía algo “en serio” y a ella era la única a la que le dejaba leerlo. Si tengo que relacionar la palabra “escribir” con una persona, antes de venirse cualquier autor a la cabeza, siempre me “viene” ella primero. Es esa persona que me entiende porque, más allá de que mis papás son lectores, es con ella con quien comparto este amor. Es la única a la que miro y digo “somos iguales”, aunque haya tantas otras cosas que nos diferencien.

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Carmen: De mi padre heredé el amor por la lectura. Leer más allá de las horas que la prudencia indicaba que debían dedicarse al sueño. Después mis hijos fueron los lectores, y ahora mi nieta. Con Abigail fuimos desde sus primeros años compañeras de lectura y visitas a librerías de las que salíamos, con dolor, cuando ya no teníamos más dinero que nos habilitara a llevarnos algún otro tesoro. Fui testigo de sus lecturas a escondidas, con la linternita bajo las frazadas, muchos domingos a la noche cuando debía estar durmiendo después de un fin de semana lleno de juegos y disfruté de cada uno de sus dibujitos que siempre acompañaba con algún mensaje de amor infantil. Me alegraron sus primeras producciones escolares y su correcta ortografía innata.

En el Jardín. Abigail Maccio había dado vida a un muñeco. Carmen Pennisi, con orgullosa sonrisa.

A: Como a los quince, dieciséis, ya tenía claro que lo quería hacer de mi vida era, justamente, escribir. Mi primera idea fue Letras, pero el plan de estudios no me gustó, porque tenía mucho de filosofía y no quería estar cursando tantas materias sobre un tema que no me interesaba. Me acuerdo de que googleé “carrera escritor” y, como primer resultado, me salió un artículo en que avisaban que se abría la carrera de escritor en la UNA. Fui a la página de la Licenciatura, directo al plan de estudios, y me encantó: tenía (y tiene, incluso con las modificaciones que hicieron en el 2019) todo lo que yo quería. Cuando se lo conté a mi abuela, le pedí que me acompañara a la charla que hacían antes de que se abrieran las inscripciones (yo, antes de empezar la facultad, nunca me manejé sola en bondi o tren porque todo me quedaba cerca de casa, y además sabía que le iba a gustar la idea). Así que juntas nos tomamos dos bondis y fuimos para Congreso, donde queda la sede de la UNA que tocaba.

C: Nunca tuve dudas de que lectura y escritura estarían en el futuro de Abi. Pero no lo pensé para el mío, más allá de escribir páginas dedicadas a mis queridos (muchas de las cuales nunca vieron) o documentos de asesoramiento y orientación propias de mi función de gestión en la docencia. La costumbre se repetía todas las semanas antes de la pandemia: almuerzo familiar en casa de los abuelos. Un domingo de larga sobremesa, Abigail me invitó a acompañarla a una charla de presentación de la carrera de Artes de la Escritura. El tema me entusiasmó. Imposible negarme. El encuentro era en el Aula Magna del edificio de Bartolomé Mitre. Era un día laborable, de calor y en Congreso. Se hacen sacrificios por los nietos. Tres pisos por escalera porque el ascensor no andaba. Que un ascensor no ande cuando uno tiene veinte años es irrelevante, pero a los setenta y dos es otra cosa. El aula estaba casi llena, aunque llegamos temprano y nos sentamos tan adelante como pudimos para no perdernos ningún detalle. Mientras miraba a mi alrededor, encontré unas pocas personas mayores, no tanto como yo, como injertadas entre tantos adolescentes recién egresados de la secundaria. En ese momento, lejos estaba de imaginarme que importante resultaría ser esa mañana. El director de la carrera nos desplegó un mundo emocionante de clases teóricas, talleres y desafíos universitarios con los que siempre había soñado. Esa era la oportunidad de entrar en un mundo mágico donde convivir con autores, algunos solo conocidos de nombre y otros totalmente nuevos, que hoy me encantan. Me preguntaba si me animaría a entrar a ese mundo.

A: Ella anotó de todo (igual que una chica que se sentó al lado mío, que debía tener dieciocho también), yo no más escuché. A las dos nos dio risa que hubiese gente que preguntara cosas que ya se aclaraban en la página de la carrera. No me acuerdo si fue ese mismo día mientras volvíamos, o unos días después, que me preguntó si a mí me molestaba que ella también hiciera la carrera. Yo le dije que no tenía drama, que nos anotemos juntas. A veces cuando cuento que estoy estudiando con mi abuela, hay personas que se me quedan mirando unos segundos en silencio, como tanteando con mi expresión si lo digo como si fuera algo bueno o malo. La verdad es que desde un primer momento, desde que le dije que sí, lo vi como una oportunidad para pasar más tiempo juntas. Yo no sé cuántos años más la pueda disfrutar (algo de lo que me hice más consciente al crecer y ver cómo cambia la gente con la edad), así que el compartir un poco más esto que nos gusta tanto a las dos es un golazo.

C: Hay estudios que dicen que el cerebro de las personas mayores de sesenta años tiene las condiciones óptimas para abordar el aprendizaje en terrenos no explorados antes: idiomas, música, las artes en general. Si es así, ¿por qué no animarme con las Artes de la Escritura, si ya había aceptado el desafío de los idiomas? El apoyo incondicional de mi marido me dio el impulso que mi inseguridad necesitaba para inscribirme. El abordaje de una carrera de varios años me demanda un esfuerzo que se aliviana con la compañía de Abigail. Tanto me entusiasma el estudio como compartirlo con mi nieta, que le suma su mirada nueva y fresca a mi manera de ver algunas cosas.

A: Tratamos de cursar las mismas materias, en las mismas comisiones. Por lo general me anoto yo, y después desde su cuenta la anoto a ella, así hacemos más rápido y nos aseguramos de que quedamos en lo mismo. Aunque venimos planeando nuestra cursada desde nuestro primer año, como el SIU Guaraní (el software universitario) se colapsa los días de las inscripciones, recién este cuatrimestre pasado pudimos cursar en todas las materias que nos anotamos juntas (años anteriores capaz quedábamos en la misma materia, pero diferentes horarios, o ni siquiera eso a veces). Al principio me daba un poco de vergüenza que leyera mis trabajos, porque era algo más serio que las pavadas que escribía de chica. Pero también, de la misma forma, me daba cosa que los demás compañeros o profes los leyeran también. Al haber tantos textos que tienen tanto éxito o que parecen mejores de lo que una escribe, es fácil pensar que, en comparación, lo propio no es tan bueno. En primer año (2019), para los talleres teníamos que leer todo en voz alta (ahora por la virtualidad, solo leemos en los de poesía, que son trabajos más cortos y cada uno llega a leer su poema). Creo que también era complicado el escuchar cuando me hacían correcciones, como que me dejaba en evidencia y mi abuela, que siempre vio mis boletines con notas buenas, “descubría” los errores que yo tenía hasta llegar a promocionar. Ahora ya estamos acostumbradas, e incluso nos consultamos cuando no estamos seguras. Igual eso lo hacemos más que nada con lo teórico, por ejemplo un trabajo en el que tenemos que analizar o relacionar bibliografía, no tanto con poemas o cuentos, que es la parte práctica de la carrera.

C: Compartir la experiencia de estudiar con Abigail me presenta una ilusión y un reto. Se que voy a pérdida porque su paso es más ágil y me hace correr pero gano la felicidad de disfrutar con ella de un mundo que nos encanta. Me permite incentivar y desarrollar la afinidad que siempre tuvimos desde otro plano, más de igual a igual, más adulto Es un regalo, inesperado y agradecido en esta etapa de mi vida. La relación amorosa que siempre tuvimos se amplió y ganó en profundidad entre lecturas teóricas y trabajos prácticos. Los viajes desde y hasta la facultad, corriendo y cambiando colectivos en amaneceres con gorro y campera y mediodías de piquetes, nos regalaron tiempo extra de charlas con temas más o menos trascendentes, escucharnos con más atención y leer nuestros pensamientos de forma más natural. Como cualquier estudiante, compartimos nuestra preferencia por profesores y materias y escuchamos con interés a los compañeros embarcados en nuestra misma travesía. Nos sugerimos y facilitamos obras y autores que nos dan herramientas para mejorar nuestras producciones. Cuando creemos que la otra puede enriquecer su escritura o que no hay claridad en sus palabras señalamos con cariño pero sin concesiones. La cuarentena nos sumó al mundo del Zoom, casi ignorado antes de la pandemia, que nos acercó de maneras impensables en el pasado a alumnos y docentes. Así se suplió parte de lo social académico perdido por la amenaza del coronavirus, aunque seguimos añorando las clases presenciales aun al costo de abandonar la comodidad de no movernos de casa. Que los profesores sean en su mayoría de la generación de mis hijos, y mis compañeros de la de mis nietos, es una experiencia que me hace pendular entre la humildad y el placer.

A: Mi incentivo al cursar esta carrera es conseguir todas las herramientas para poder escribir y publicar algo que diga “sí, me gusta” o “sí, es lo suficientemente bueno como para que otra persona lo lea”. También algo que me di cuenta hace poco es lo mucho que me gusta editar, y aunque existe la Licenciatura en Edición Literaria e incluso la UNA sacó una diplomatura relacionada, lo que veo en Artes de la Escritura me sirve un montón, desde que hay una materia como Morfología y Sintaxis, hasta el hecho de que me corrijan o que yo corrija a los demás.

C: Abigail tendrá un plan ambicioso para su futuro de escritora. Su entusiasmo, dedicación y juventud son puntos a favor para la concreción de cualquier proyecto. La ilusión que me mueve es más modesta. Quisiera escribir prolija y ordenadamente la historia de nuestra familia como un regalo para las generaciones que me sucedan. Nuestros abuelos fueron inmigrantes, que como tantos otros llegaron a la Argentina huyendo de una realidad y persiguiendo una esperanza en 1906. Los documentos a los que tengo acceso no son abundantes, pero tengo la necesidad casi física de hacerlo y el reclamo de mis hijos ya que no tenemos otros parientes con los que compartir recuerdos. Voy a precisar tiempo para armar el rompecabezas buscando en Centuripe las piezas que faltan para que la investigación de los orígenes se complete, pero me mueve la ilusión de hacerlo. La historia de la familia tiene muchos huecos, entre otros motivos por no haber tenido abuelos que con sus relatos nos ligaran a nuestro pasado. No quisiera que en el futuro mis hijos y nietos sintieran esa falta que hasta hoy siento. Haber conocido Sicilia sin poder llegar al pueblo de los abuelos mantiene la llama de poder volver para buscar registros parroquiales. Ver ese terreno hermoso y cruel cada vez que alguien sube un video nuevo en Youtube me recuerda que tengo una deuda con las personas que ya no están y con los que vendrán.
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Abigail Maccio estudia para formarse como escritora. Le gusta leer, y no puede pasar un día sin escuchar música. En su cuenta de instagram @decidoseguirle sube (casi) todos los lunes devocionales cristianos. Aspira a ser publicada algún día, para poder compartir lo que tanto le gusta escribir.
Carmen Pennisi, después de una vida dedicada a la docencia, su familia y una comunidad de fe, agrega también ser estudiante universitaria. Se anima al campo de la escritura, con entusiasmo, mientras cursa en la UNA. Su primer proyecto le demanda investigación ardua sobre la inmigración siciliana.

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