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Héroe, rebelde o dios con pies de barro: aluvión de libros sobre Diego Maradona a un año de su muerte

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El símil está muy desgastado pero en ocasiones no hay salida: aquel prodigioso segundo gol de Diego Maradona a los ingleses en el Mundial de México 86 es comparable a una pincelada de Picasso o a Mozart inclinado sobre un pentagrama. Son apenas 11 segundos con 7 centésimas de la carrera de un hombre contra el mundo que parecen tener la perdurabilidad de lo eterno. Una obra de arte maestra –por si la analogía no quedó clara– que cimentó un mito al que no le han faltado condimentos religiosos, derrumbes y un insidioso convite a la megalomanía.

Hace un año comenzó la fase final de una disputa discursiva, un territorio donde se dirimirá la persistencia de un símbolo que excede lo deportivo porque Maradona fue en vida menos una persona que un fenómeno sociológico.

En los últimos meses hubo un alud de libros notables dedicados a auscultar al mejor futbolista argentino de todos los tiempos y acaso de la historia del fútbol mundial. Entre ellos, La salud de Diego, del periodista y médico Nelson Castro; Rey de Fiorito, una antología de crónicas –con textos de Leonardo Torresi, Sergio Olguín y Ayelén Pujol, entre otros– publicadas bajo la rigurosa edición de Ezequiel Fernández Moores, Alejandro Wall y Andrés Burgo; Mi Diego, de Alejandro Duchini; Superdios, de Gabriela Saidón; Diego: nacido para molestar, del humorista Miguel Rep, Maradona. El pibe, el rebelde, el Dios, de Guillem Balagué.

“La salud de Diego”, de Nelson Castro; “Rey de Fiorito, una antología de crónicas”, autores varios; Mi Diego, de Alejandro Duchini; “Superdios”, de Gabriela Saidón; “Diego: nacido para molestar”, de Miguel Rep, y “Maradona. El pibe, el rebelde, el Dios”, de Guillem Balagué.

Pero Diego desde adentro, de Fernando Signorini, coescrito con los periodistas Luciano Wernicke y Fernando Molina, cuenta con un plus: Signorini fue el preparador físico de Maradona desde 1983 hasta 1997, y lo acompañó también en su rol de director técnico de la Selección nacional en el Mundial de Sudáfrica 2010.

Además es el autor de una frase memorable que grafica la dicotomía de convivir con un Maradona dueño de una personalidad compleja y hasta poliédrica: “Con Diego voy hasta el fin del mundo, con Maradona no doy un paso”, dijo alguna vez. La celebridad devorándose al pibe tierno y gentil que pasó, vertiginosamente, de vivir en Villa Fiorito a codearse con líderes políticos, artistas y sumos pontífices.

Fernando Signorini, entre Messi y Maradona, durante Sudáfrica 2010. Foto Reuters

Desde México, Signorini charló con Clarín en el primer aniversario de la muerte del futbolista. Todos los libros abordan al personaje desde un cierto distanciamiento profesional, mientras que Signorini trató a diario al hombre de carne y hueso que vibraba bajo el malentendido de la fama.

El suyo es un retrato cálido pero no necesariamente indulgente con los aspectos controversiales de la leyenda futbolística. Se conocieron porque a comienzos de los años 80 un joven Signorini se lanzó a la aventura viajando a Europa, asistió a un entrenamiento del Barcelona donde por entonces jugaba Maradona y luego de una charla casual, el jugador le “inventó” el rol de preparador físico personal, que no existía en el fútbol; nunca firmaron un contrato, todo quedó sellado con un apretón de manos.

“Me negué a ir al velatorio en Casa Rosada porque quería recordarlo, como a todos mis afectos más profundos, con una sonrisa –explica Signorini–. Sobre todo a Diego, que transformó mi vida en un Edén cuando sin él hubiera sido prácticamente una vida de vagabundo errando en el desierto. No iba a darle el gusto a la muerte de que me viera llorando por los rincones a una persona tan querida”.

La imagen del gladiador retaco que siempre arremetía contra toda adversidad era, como todas las imágenes, un espejismo encubridor de matices. ¿Maradona tenía inseguridades técnicas como futbolista?

“En lo personal, las tenía como cualquiera, pero como jugador también –reflexiona Signorini, apodado “Ciego” por el jugador–. Eso lo descubrí en el Napoli, en uno de los primeros partidos en el que lo vi parado en el primer palo en un córner en contra y entonces le pregunté por qué se ubicaba ahí y me dijo ´qué querés, si el técnico me manda´. Entonces, le contesté: ´Cuando te diga que te sientes arriba del travesaño, porque no sos tan alto, hacelo. Vos sos Maradona, te compraron por cómo jugás, y si jugás a medias te van a pegar una patada y te van a mandar de vuelta a la Argentina, y Nápoles es hermoso y nos tenemos que quedar muchos años´”.

Como sucede con otras figuras icónicas nacionales como Evita o el Che Guevara, Maradona no es inmune al disenso y la unanimidad en torno a su figura se asienta en su condición de ser un superdotado con la pelota y un ídolo deportivo de alcance global.

Mural en homenaje al fallecido exfutbolista argentino Diego Armando Maradona. Foto EFE/ Juan Ignacio Roncoroni

Fuera de ello, todo es pasto para la polémica: de hecho, en estos días se sumó la presentación judicial de una ex novia –la cubana Mavys Alvarez, quien fue su pareja en Cuba cuando sólo tenía 16 años y que en una entrevista televisiva lo acusó de haberla inducido al consumo de cocaína y de ataques gravísimos a su integridad sexual– bajo la figura de trata de personas por un viaje que hizo a la Argentina en 2001, acusación que tras el fallecimiento del futbolista recae sobre su entorno de amigos que lo acompañaron en aquella primera internación en la isla caribeña.

Más allá de linchamientos y defensas en las redes sociales, la Justicia dirimirá qué sucedió en aquellos años de su estadía en Cuba. De ese fallo jurídico quizás dependa la persistencia de la leyenda o su caída definitiva en el desprecio del olvido.

Signorini no sólo forjó al Maradona atlético en su apogeo profesional sino que operó sobre las tribulaciones y dudas en su mentalidad competitiva. A tal punto que cuando se acercó a saludarlo al término de la final con Alemania en México 86, mientras se abrazaban Diego le susurró un “¡gracias por todo, Fer!”.

“Esquina Maradona”, en Nápoles. Foto Carlo Hermann / AFP)

¿Fue contestatario?

Uno de los pocos que se atreven al no alineamiento automático con la devoción por Maradona es el escritor Martín Caparrós que, en su última columna del diario El País, apuntó: “Los argentinos somos tan buenos para inventarnos grandes muertos (…). El proceso es largo y exigente: los vamos mejorando, acomodando, retirando los jirones de carne y puliendo los huesos, sepultando su vida para perfeccionar su muerte. Maradona fue un multimillonario que vivió como un multimillonario, de yate en jet, de Rolls en Maserati, y todo con la plata de sus fans, pero lo recordamos tan rebelde”.

Para Signorini, en cambio, fue un contestatario sin impostura: “Su rebeldía contra las injusticias del Poder me quedó para siempre, siendo que si se hubiera callado la boca hubiera vivido más tranquilo y seguro mucho más tiempo”.

La muerte no erosionó el recuerdo del cariño que los unió: “Era un chico de una infinita ternura con sus afectos –detalla Signorini–. Yo no había tenido esa relación con los míos, y de él me encantaba su vínculo con su mamá, la estupenda complicidad que tenía con Claudia, en aquellos tiempos de Nápoles. También su generosidad para con sus amigos, el hecho de llamar a más de uno que él sabía que estaba en problemas y que sentía que un llamado suyo podía levantarle el ánimo”.

Diego Maradona levanta la Copa del Mundo en ;éxico 86. Foto AFP

Hay, entonces, un Maradona para cada persona: el tipo cálido y desprendido, el adúltero serial, el sanguíneo crack que dejó siempre el alma en la cancha, el negador de hijos extramatrimoniales, el adicto con vocación por el abismo, el enemigo desafiante de la FIFA, el lenguaraz de frases punzantes no menos geniales que sus goles y un largo etcétera inabarcable.

Pero no sirve engañarse: nunca habrá, incluso expurgando los momentos incómodos (o deplorables) de su biografía, un Maradona que se ajuste plenamente a las demandas desorbitadas de acólitos y detractores. Como ocurrió con aquella apilada inexplicable del 22 de junio de 1986 en el Estadio Azteca, Diego Maradona seguirá siendo para sus perseguidores inasible, inalcanzable, mítico.

PC

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