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Decálogo del Maracanazo: múltiples piezas luminosas que encastraron en tiempo y forma

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La gesta argentina en el Maracaná se nutrió de múltiples fuentes y luminosas piezas que encastraron en tiempo y en forma.

La gesta argentina en el Maracaná se nutrió de múltiples fuentes y luminosas piezas que encastraron en tiempo y en forma.

Quién cultive el animismo de atribuir la victoria a una única explicación, puede hacerlo (al fin de cuentas son momentos de alegría contante, sonante y extendida en sus permisos), pero la realidad es que la gesta argentina en el Maracaná se nutrió de múltiples fuentes y luminosas piezas que encastraron en tiempo y en forma.

Un campeón, Argentina, reñido, si se quiere, con el paladar de negro de quienes con independiente de la legitimidad de sus predilecciones estéticas suelen pisar el palito de un malentendido descomunal: aplicar la misma vara para un picado en los Bosques de Palermo, un partido corriente y una final en la alta competencia.

Para ellos, con el debido respeto, un mensaje insoslayable: ¿Qué esperaban de una final de América entre Argentina y Brasil en el Maracaná? ¿Un cordial intercambio de filigranas y claveles?

Nada más lejano era previsible y nada más lejos lo que se consumó en 90 minutos de suela firme, sudor, miradas torvas y horas extras del árbitro uruguayo Esteban Ostojich.

De hecho, ¡sancionó 41 infracciones!

Un campeón, Argentina, con todo en su lugar, con un cúmulo de influencia positivas de la cual nos permitimos reponer un somero decálogo:

Lionel Scaloni: Metió las manos en el fuego y el barro, consumó la reclamada renovación, fomentó una amplia exploración, construyó un vigor colectivo insospechado, liberó a Messi del lastre de la inspiración obligatoria y arriesgó en formaciones, mutaciones y modos.

Lionel Scaloni bis: Acertó en el complejo planteo que exigía la final y también en uno de sus puntos más cuestionados: la decisiones contrarreloj en momentos de incertidumbre.

Lionel Messi: Descontado su talento (sobrado aun en la otoñal versión de sus 34 abriles), el Messi más sintonizado, aguerrido y cómodo en su piel que se haya visto con la camiseta albiceleste. (Salvo, tal vez, con beneficio de inventario, en el ciclo de Alejandro Sabella).

Emiliano Martínez: No un hallazgo en sentido estricto (cualquiera que siguiera la Premier League estaba persuadido de sus kilates), pero sí una apuesta de riesgo que cantó “¡bingo!”. ¿Cuánto hacía que la Selección no disponía de un arquero con semejante llenado de arco?

Rodrigo De Paul: El gran exponente de una gradual reconversión operada en Udinese y fortalecida en la Selección en general y en la Copa América en particular. Un todo campista que pese a ciertos vicios de desorden dio un sustancial salto de calidad y fue la gran figura del partido decisivo. Hizo tantas cosas que sólo le faltó limpiar los baños.

Ángel Di María: Una clamorosa vindicación de uno de los mejores futbolistas argentinos del siglo en curso y de una generación muy castigada.

Cristian Romero: Testimonio de una evolución tan exponencial que Scaloni detectó, fomentó y honró. El tal Cuti es la aparición más extraordinaria de defensores argentinos en muchísimo tiempo. Su techo está por verse.

Marcos Acuña: Jamás será el dueño de los laureles. Jamás sus compañeros registrarán en él un punto débil y por ende digno de desconfianza.

Guido Rodríguez: Quién sabe si llegará al Mundial de Qatar. Pero ya sabemos que la camiseta argentina no inhibe su apreciable entendimiento del juego, su orden posicional y su pertinencia.

Lautaro Martínez: Sin ser su gran torneo, se recuperó de un comienzo vacilante, compensó con un par de goles importantes y consolidó la hipótesis de quienes deducen que será el 9 argentino por un buen tiempo.

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