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Agustina Caride: “Conozco familias peleadísimas por la política y quería escribir sobre eso”

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Apenas repuesta de la expectativa, primero, y de los vértigos del reconocimiento y la celebración, después –cuando supo, en la noche del martes, que su novela Donde retumba el silencio había ganado el Premio Clarín Novela 2021–, Agustina Caride se apresta a contestar con sencillez algunas de las muchas preguntas que la atención sobre su obra y su persona suscitarán a partir de hoy, como si el premio entregara, entre tantas otras cosas, una invitación a la introspección.

Pero Agustina Caride tiene la introspección fácil y la emoción a flor de piel. “En todo lo que escribo –dice–, lo que me importa es el ser humano, lo que me gusta, y ojalá se note en la novela, es meterme en los interiores de los personajes, en su psicología y sus sentimientos. Siempre me dicen que hago llorar. En el fondo me gusta hacer llorar, en el mejor de los sentidos, porque siento que entonces toqué alguna fibra, llegué a algún lugar”.

Ciertamente ha tocado una fibra profunda con esta novela que –como ella misma lo dijo, con emocionada y emocionante claridad al recibir el premio– aborda tres asuntos que van sin rodeos al núcleo sensible del presente: una larga amistad entre dos mujeres; el desasosiego y la potenciada soledad de la vejez en tiempos de pandemia; los estragos que en el tejido de la sociedad provoca ese fenómeno que se ha dado en llamar, popularmente, “la grieta”.

La novela aborda la amistad entre dos mujeres, la vejez, la soledad, el desasosiego y “la grieta”. Foto Juano Tesone

Uno de los méritos de la novela consiste en ser de las primeras en atrevérsele a este asunto del que “mejor no hablar”, pero con las armas de la literatura, que sabe evitar simplificaciones y fáciles tomas de partido.

La novela narra más de 50 años en las vidas de dos vecinas y amigas entrañables. Lo hace desde un presente –en pleno crescendo de los conflictos internos del país y en plena pandemia– en el que esa amistad se ha quebrado de manera tan irreparable como difícil de explicar.

Otro gran acierto es justamente no intentar explicar el distanciamiento, limitarse a retratar, minuciosa, lúcida, amorosa, dolorosamente, a estas dos mujeres que se parecen demasiado a todos nosotros.

“Hay mucho de mí en las dos protagonistas”, revela Agustina Caride. Foto Juano Tesone

–¿Quiénes son Vira y Leo, las dos amigas a quienes las derivas del presente han terminado separando?

–Hay mucho de mí misma en las dos, pero Vira (Elvira) tiene mucho de una amiga muy querida. La amistad entre ellas es un reflejo de la nuestra, aunque proyectada al futuro, ya que Leo (Leonor) y Vira tienen casi 80 años, mientras que nosotras andamos por los 50. Y Leo también tiene mucho de mi vieja.

Mamá se llamaba Leonor. La historia de mis padres tiene que ver con la de Leo y su marido: mis viejos cuando se casaron se fueron a vivir a La Boca, y mi abuela no iba a visitarlos, no sabía o no quería saber dónde quedaba eso. Provenía de una de esas familias que habían tenido campos y que en cierto momento se quedaron sin nada. Me gusta “robar” características de las personas que conozco, que me permiten visualizar mejor a mis personajes.

Donde retumba el silencio merecería que se le aplique –levemente modificado– el famoso apotegma tantas veces atribuido a Tólstoi: “Pinta tu aldea y pintarás el mundo”.

El mundo, o al menos la Argentina de finales del siglo XX y comienzos del XXI, pintado desde un barrio de viviendas colectivas: el hermoso barrio Los Andes, cerca de Chacarita, desde la época de la última dictadura hasta el período más duro del confinamiento obligado por el coronavirus y que nadie padeció tanto como las personas ancianas, más aún las que están solas, como es el caso de Vira en la novela.

Para Caride, “nadie padeció tanto el confinamiento como las personas ancianas”. Foto Juano Tesone

–El barrio Los Andes, y más tarde un PH en Colegiales adonde las dos amigas se van a vivir, una abajo y otra arriba, son casi tan protagonistas de la historia como ellas dos. ¿Qué surgió primero, la locación o los personajes?

–Soy paisajista. Hace años que no ejerzo. Trabajé mucho de paisajista mientras estudiaba Letras. En febrero de 2019 me llamó una antigua clienta que se estaba mudando al barrio Los Andes y me pidió que fuera a ver qué rescataba de su terraza y a pensar la terraza nueva.

Desactualizada en materia de precios, sin jardineros y sin espalda para hacerlo yo misma, primero me negué. La mujer insistió mucho y, con ayuda de mi hijo adolescente que cargaría las bolsas de tierra, terminé por aceptar.

El departamentito de mi clienta correspondería al de Leo, que tiene terraza. También ahí aparecen las diferencias: dentro de un mismo barrio, la que tiene terraza es la más “pudiente”.

Lo cierto es que me enamoré del barrio y me dije: “Acá en algún momento voy a escribir algo”. Vira y Leo nacieron después, en pandemia, en 2020. Venía con ganas de escribir sobre la amistad entre mujeres. Al principio era una cosa totalmente distinta, iban a ser tres y me dije: “Voy a ir por una comedia”.

Quería salir de esto que no sé si es mi zona de confort. Pero no tengo humor, definitivamente (risas). Mis tres amigas, que salían a correr y conversaban de sus vidas, quedaron en la nada, sin nombres siquiera, sin verdadera vida. Pero Leo y Vira iban naciendo, crecían silenciosamente en mí.

Agustina Caride estudió Letras y es paisajista. Foto Juano Tesone

–¿Cómo fue el trabajo de escritura, ya en plena pandemia?

–Fue un año de tenerlas en la cabeza sin escribir una sola palabra. Estuve como en un desierto, un limbo, como creo que estuvimos muchos. Yo he escrito toda mi vida, no puedo estar sin escribir, empiezo a ponerme nerviosa. Pero en ese momento –cosa rara en mí– estaba tranquila.

Las voces de Leo y de Vira fueron apareciendo, entonces, realmente en la oralidad, no en la escritura. Y la sensación es que cuando me senté a escribirlas, ya las tenía. El primer capítulo con Leo lo escribí de un tirón, me senté y en una hora salió. Me gustó y me dije: “Genial, esto va a fluir”.

Quería presentar la novela al Fondo Nacional de las Artes, así que en casa dije: “Hasta el 18 de febrero, nadie me habla. Me voy a encerrar a escribir, escribir, escribir. Y escribí sin parar, todo el verano. Entre diciembre, enero y febrero, escribí la novela entera.

Las ganadoras de la noche: Marta Minujín se quedó con el Premio Ñ a la Trayectoria, mientras que Agustina Caride con el Premio Clarín Novela. Foto Juano Tesone

–¿Cómo evitó que las intromisiones de la historia con mayúscula rompan la cercanía con los personajes, reforzada por el recurso al estilo indirecto libre?

–No me interesa hablar de política, pero el odio es algo que me pone muy mal. Tengo amigos con familias peleadísimas. Quería escribir sobre eso. No sé qué pasó después, si cuando me senté a escribir perdí la valentía en el camino, o quizás no tenía la cintura necesaria para tratarlo directamente.

La literatura todavía no había tocado ese otro lugar “donde retumba el silencio”, del que sería bueno que pudiéramos hablar. Al mismo tiempo, seguía queriendo hablar de la amistad. Y la amistad fue ganando: el tema se impuso y lo disfruté mucho.

Al leer la novela, uno siente que etiquetas como “contar la historia argentina”, “narrar la grieta”, “hablar de la vejez”, “retratar la vida en pandemia”, no le harían justicia.

Son un horizonte de intenciones que no ocupan, sin embargo, el centro de la escena, donde brilla la construcción de una amistad y su posterior disolución, con la magia de los comienzos lo primero, con el doloroso misterio de las rupturas lo segundo.

Agustina Caride con su amiga Agustina Bazterrica, ganadora en la edición de 2017. Foto Juano Tesone

En palabras de la autora

“Lo que me interesaba eran ellas como madres, como amigas, como esposas de los hombres que eligieron, como laburadoras, y sí, por supuesto, ellas y su contexto social, de dónde venía cada una, y lo que eso implica.

Yo a veces veía a mamá, muchas de cuyas actitudes me molestaban, y con el tiempo, ahora que no la tengo más, pienso: ‘ella la peleó desde otro lado’. Buscarse la vida como pudo, tener que caminar para llamar desde un teléfono público a la madre que no quería visitarla, debe haber sido difícil.

También para Vira, que viene, como mi amiga, del interior a vivir en la capital. Ese personaje me costó más: era la inteligente, con su título y su trabajo de maestra. Requería otro vocabulario, y los años 70 me quedaban lejos. Yo nací en el 70, pero recuerdo poco y nada…

También es una época ‘donde retumba el silencio’, por todas aquellas cosas de las que me enteré después, como que mi viejo quemó libros que podían ser considerados como ‘subversivos’.

Con Leo fue más fácil: tenía tanto de mamá, fue ponerme a recordar, meterme en mi casa. Quería mostrar que humanamente son iguales, que sus ideologías en el fondo no son tan distintas, porque las dos quieren lo mismo, buscan lo mismo, educaron a sus hijos igual…

Y entonces, ¿en qué lugar se produce el desencuentro? En un momento la novela se iba a llamar Punto de retorno, o bien Punto de no-retorno. Porque eso estaba ahí: ¿hasta qué momento se está a tiempo de reparar lo que está roto?”.

PC

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